Empotradoras

22 06 2019

«Empotradoras» nació como un concurso de relatos, de como mucho 6000 palabras. Su propósito era sencillo: recuperar el erotismo en la literatura de género, ya sea fantasía, ciencia-ficción o terror. Decir que la empresa de Virginia Buedo y Alister Mairon llegó a buen puerto es quedarse cortos. Quiero decir, hasta su crowdfunding consiguió un éxito más que holgado.

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Ilustración de portada por Gemma Martínez [Fuente: Verkami de «Empotradoras»]

Aparte, no es simplemente una antología erótica. Que lo es, desde luego. También es una antología que habla de la libertad sexual, del consentimiento, del juego acordado, de la dedicación por tu pareja, sobre la diversidad… Es algo que sus promotoras alentaban desde el primer momento (de hecho, el nombre, «Empotradoras», viene de los hilos de Cristina Domenech sobre el lesbianismo y la bisexualidad de las mujeres en el pasado).

Cada relato de esta antología, diez en total, cuenta, además, con una ilustración que representa algún momento de la historia que corresponda. Aunque no tienen el mismo nivel de detalle y calidad que la portada, sí que son muy precisos a la hora de dar forma a sus protagonistas y las situaciones picantonas que viven.

Como curiosidad, participé en el concurso… pero, obviamente, no conseguí nada. Y no me extraña, tras leer esta antología. Entre la calidad de los relatos y que yo soy muy torpe para el erotismo… De todas formas, por si os interesa, en el blog de relatos subí, tras conocerse el fallo del concurso, mi aporte: «Einok y Zuttei».

Y ahora, sin más dilación…

«Sanctum Mortis», de Letícia S. Murga

Caden es un caballero de brillante armadura que va al rescate de la típica damisela en apuros… Solo que, realmente, no es lo que parece, y su visita al Sanctum Mortis del nigromante Adaranth tiene algo más íntimo y menos rancio.

El primer relato, la primera demostración de que aquí venimos a subvertir, y lo vamos a hacer bien. Precisamente eso es lo bueno: por un lado, sabes que esta antología va sobre la diversidad, pero por otro quieres ver hasta qué punto esta historia es típica. Pero el espejismo de la enésima damisela en apuros desaparece al poco de adentrarnos en la historia, y se agradece la complicidad entre supuestos héroe y villano.

Es un relato que pasa rápido, pero se toma su tiempo para los preparativos y la parte erótica del mismo. Es un bonito detalle de una relación considerada tabú (por eso del príncipe y el señor oscuro) en la que ambas partes tienen tanto que ofrecer.

 

«Gran Hotel Kungensjö», de María José Ceruti Andrés

A finales del siglo XIX, Agda, antigua doncella, llega al Gran Hotel Kungensjö, esperando una vida mejor en el servicio del mismo. Allí no solamente se encontrará con un buen trabajo, sino con diversión no solo con sus compañeros, sino también con lo que el hotel esconde…

El relato combina, por un lado, los juegos entre Agda, Elias, Aki y Marit, cómo la propia Agda pasa de protagonista en estos placeres a ser una observadora, o a ponernos en su piel y sentir esa mezcla de terror y deseo con ese ‘viento’ tan extraño que a veces siente en su deambular nocturno por un hotel lleno de interesantes huéspedes de los que solo conocemos unos pocos retazos.

Su final es tan sorprendente como confuso. Eso no quita que, gracias a Agda, conozcamos mejor la vida diurna y nocturna del hotel y cómo, a pesar de su físico, es valorada como una más.

 

«Estudiante de intercambio», de María Eijo López

Una historia dividida en dos partes: por un lado, la relación entre dos chicas, una de ella estudiante de intercambio, en la que van conociéndose e intimando; por otro, un proyecto europeo con androides para mejorar la economía del continente (sobre todo de los países ricos).

Lo que es, por un lado, una bonita historia de descubrimiento y de intimismo de algo que empezó como un flechazo de Sonia, la estudiante, hacia Hanna, una camarera, y que, al final, acaban estando juntas, acaba teniendo un giro de lo más escalofriante. Hay un enorme contraste entre la humanidad de la relación entre Sonia y Hanna, y la frialdad con la que vamos conociendo el proyecto europeo en el que únicamente importa el dinero.

Así que el final acaba siendo algo agridulce, porque entre el amor y el erotismo has sentido lo mismo que Sonia y Hanna, de una forma muy íntima. Y duele. Lo digo como algo bueno, pero duele.

 

«Quédate», de Cris Melgosa

La capitana Belisse viene y va, siempre con algún romance, con alguna aventura. Pero la besrk Iokra siempre la espera en la misma taberna, deseando que, alguna vez, Belisse se quede con ella para siempre.

Aquí tenemos, pues, dos historias, dos puntos de vista que se entrelazan en cuanto Belisse e Iokra se juntan. El relato deja claras las intenciones de ambas: mientras Iokra desea un amor duradero y estabilidad, Belisse siente más la llamada del mar, las aventuras y que pueda encontrar a alguien diferente cada vez. Hay una lucha entre la seguridad y la incertidumbre bien reflejada en sus protagonistas, tan antagónicas pese a lo mucho que comparten y aman.

También hay un contraste interesante en cómo se trata la escena íntima entre ambas, comparada con el simple sexo entre Belisse y una sirena. Da a entender la diferencia entre algo pasajero y algo duradero (aunque la capitana no parezca aventurarse a esa estabilidad).

 

«El Jardín y las Tierras Negras», de Gloria T. Dauden

Mientras sus compañeras yacen en un letargo, una planta humanoide decide buscar el remedio para el mal que aqueja a su jardín. Al llegar a su destino, descubre un mundo sin vida, pero una presencia hará no solo que vea que incluso allí hay vida, sino que hay más de lo que se ve a simple vista…

Es curioso ver cómo se puede tomar una criatura más cercana a las plantas que a los animales y, aun así, darle una humanidad tan palpable. También es interesante el uso del erotismo aquí, como parte del desarrollo del personaje, de su relación con su extraña anfitriona y de cómo descubre la realidad de las Tierras Negras.

Y la revelación final, además, da una luz de esperanza, de cómo incluso en los peores momentos, en los lugares aparentemente insalvables, puede surgir la chispa de la recuperación. Puede que lleve tiempo, pero con la gente y las acciones adecuadas, ¿quién sabe?

 

«Soy feliz con lo que tenemos», de Yaiza Carrasco

Merche es médium, y sus casos con fantasmas tienen mucho más de charla que de caza. Aparte, le acompaña Ángela, su compañera ectoplasmática, con la que comparte tantos momentos… pero algo en su último caso ha afectado a su relación.

Con unas pocas descripciones, conocemos el mundo en el que se mueven nuestras protagonistas, incluyendo el cómo ‘funcionan’ los fantasmas. Son pequeños toques que, además, ayudan a conocer la relación más íntima entre Merche y Ángela. Y es también lo que nos lleva al dilema que se plantea tras un caso, sobre si los fantasmas deben conformarse con lo que tienen mientras sigan aquí o si pueden hacer más (aunque eso incluya poseer a otras personas…. siempre que consientan, claro).

Aunque, por supuesto, tiene su componente erótico, es una parte que no tiene tanto peso como esperaba, pero se trata de forma original, sobre todo con cómo actúan los fantasmas,. Y, en el fondo, visto lo visto, deseas lo mejor para Merche y Ángela.

 

«Crimen Magiae», de Manuel Ortiz

Zeck es el aprendiz de la hechicera Ebira y se dedica a trabajar duro y tenerlo todo controlado en su tienda. Sin embargo, la irrupción de Adrien, aprendiz de una amiga de la señora Ebira, hará que la vida de Zeck dé muchas vueltas. ¿Hasta qué punto podrán soportarse o incluso intimar?

Esta historia es bastante curiosa. Todo lo vemos desde el punto de vista de Zeck, lo que nos ayuda a observar su evolución a lo largo del relato, cómo pasa de esa desconfianza hacia Adrien a ir admitiendo, poco a poco, que puede que esté sintiendo algo por él, hasta que ambos llegan a tener sus momentos. Dichos momentos no dejan de ser un complemento a una historia sobre apariencias y desconfianzas, pero dan un poco de calor y ternura ante tanta queja de Zeck.

Y a eso juega esta historia, donde compartimos, por momentos, esa misma desconfianza que muestra Zeck, y también sus dudas, y la necesidad de preguntarnos hasta qué punto estamos o no equivocados. Solo el final tiene la respuesta adecuada.

 

«Aceptación», de Ana Morán Infiesta

En un mundo de espada y brujería, Arline de Kelm escapa por los pelos de su ejecución por haber mantenido relaciones con una darcea. Gracias a dicha darcea, Kesha, y su acompañante draken, Kora, está ahora a salvo. Pero sus momentos con Kesha se ven interrumpidos por una draken que, al parecer, tiene más que ofrecer.

Aquí tenemos otro relato sobre desconfianzas, pero con un punto de vista diferente. Hablamos de prejuicios y de aceptación, de cómo el conocer al prójimo un poco más puede ser más interesante y beneficioso que permanecer en la ignorancia y el rechazo. Por supuesto, hay casos y casos, pero en este, por fortuna, es de esos en los que las cosas acaban bien. Pero es inevitable pensar en que un fallo puede estropearlo todo.

Así, además, se contrastan las escenas eróticas: una de ellas no consigue ser placentera por ese supuesto intrusismo, pero la última que vemos supone una evolución y una compenetración que parecían imposibles. Y es una buena muestra del pequeño viaje de sus protagonistas.

 

«Extracciones», de Corral Carracedo

Dalia, Marco y Julio comparten piso y mucho más. Son compañeros en todo, se desean y se quieren… Pero, con todo, siempre hay algo que pueda amargar un dulce, pero ¿qué pasará al final?

Me ha parecido muy interesante el giro que tiene esta historia. Todo comienza muy bien, todo es bonito, una relación perfecta entre tres personas que se adoran, que comparten mucho más que una relación… solo para que un fantasma de secretos y mentiras oscurezca todo. Ese contraste está tremendamente logrado, donde el erotismo es la felicidad encarnada y, lo demás, la amargura.

Eso hace que esta historia tenga un sabor más agrio que dulce conforme avanza. Pero, está claro, hay personas que pueden haber hecho más mal que bien, por mucho que lo oculten con cosas bonitas.

 

«Un conjuro muy sabroso», de Celia Añó

Dos estudiantes de magia, Cloroquina y Leflunomida, entre sus pesquisas sobre los misterios de su escuela, tienen ante sí un hechizo porno. A pesar de su apariencia de receta culinaria, puede que en dicho hechizo encuentren la clave… de algo. O, por lo menos, valdrá la pena probarlo.

El último de los relatos es más una historia de descubrimiento sexual, al menos para una de sus protagonistas. La indecisión y timidez de Cloroquina contra la valentía y claridad de Leflunomida, el cómo juntas van conociéndose, intimando, y todo a través de un hechizo que ni siquiera saben si funcionará. Pero que, de todas formas, ayuda a tener una mejor idea de sus personalidades y de cómo Cloroquina va, a medida que avanza la historia, disfrutando y soltándose.

Y, desde luego, el final es de esas cosas que te hacen sonreír. Y es que, al final, hay cosas que no se pueden dejar a medias.


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