Los muertos no pagan IVA

16 03 2019

Bueno… Pues ha pasado, ¿no? Las historias de Verónica Guerra, alias Parabellum, la detective paranormal de Morán tienen continuación. Si os gustó «El dios asesinado en el servicio de caballeros», estoy seguro de que os gustará también esta novela. Y, si sois como yo, que pese a que os gustó no os pareció gran cosa (mi opinión la podéis leer en este mismo blog)… es una agradable sorpresa ver la evolución de Parabellum y sus desventuras.

«Los muertos no pagan IVA» lleva a Verónica de Barcelona a Madrid tras un pequeño trabajo en La Mancha. Una historia de fantasmas, zombis, licántropos, criaturas feéricas, ¡y hasta un jáncano!

También esta es la novela en la que Chicote diseñó un menú para cierta parte de la historia. Es lo bueno de tener chefs entre tus fans…

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Portada por Isaac Murgadella (Fuente: Goodreads)

Hay algo que destaco de esta novela, y es un sabor más… español, por así decirlo. La historia de «El dios asesinado…» bebía mucho de las mitologías nórdica y grecorromana, lo que en una ciudad tan cosmopolita como Barcelona encaja bastante bien. Sin embargo, este viaje hacia la capital es un tanto más ibérico y celta, con algunos elementos más genéricos de lo sobrenatural.

«Los muertos no pagan IVA» abre con un pueblo manchego, un jáncano ladrón de reliquias católicas y una licántropa. Ya de primeras nos muestra que esta es una historia más de andar por casa, cercana a las historias del fanzine «Andergraün» (o las historias extra del libreto «Misterios rutinarios»). Una pequeña vuelta a los orígenes que se mezcla con algunos elementos de la anterior novela que se convierten en un conflicto constante en esta (no revelaré de qué se trata, al ser parte del final de «El dios asesinado…»). Digamos que es una… adicción.

Y lo que supone un viaje rutinario a Madrid para renovar su licencia de armas y con ganas de unas vacaciones con su mejor amiga, Arantxa, en realidad será solo el comienzo de algo mayor para Verónica. Porque los problemas no vienen solos, y lo que parece que está cerrado o no debe ser de tu incumbencia… pues acaba siendo un marrón más que limpiar.

Esto lleva a un punto que, en «El dios asesinado…», me pareció muy flojo: el tratamiento de la dualidad Verónica-Parabellum. Debido a la presión entre descansar y trabajar, esta dualidad tiene una evolución lógica en «Los muertos no pagan IVA», y en la buena dirección. Hay algo que queda claro: la búsqueda de una armonía entre ambas personalidades es importante para la trama, junto al tema de la adicción de Verónica. Eso lleva a que sigamos profundizando en ambas facetas, alternándose con mayor fluidez, viendo claramente que es siempre la misma persona, no dos alter-egos forzosamente separados como en la anterior novela. Con esto ya os digo que la Verónica/Parabellum de «Los muestros no pagan IVA» me cae bastante mejor que en la anterior obra, pese a ser la misma persona.

Ahí también juega un papel interesante, aunque no tan prominente como esperaba, la madre de Verónica, la comisaria Victoria Fontenegro. Hay un intento de reconexión entre madre e hija que, seré yo tal vez, no queda tan resuelto, tal vez porque va saltando entre distintas partes de la trama, apareciendo aquí y allá, como si faltar algo. No es demasiado grave, ya que las cosas no son siempre como queremos, pero, aunque es verdad que tienen sus momentos, me han parecido insuficientes.

Sobre todo porque los encuentros con otros personajes, como Emejota el agente de policía, Axel el phooka o la misteriosa Raimunda, propietaria de todo un edificio y del bar con las mejores croquetas de Madrid, tienen más consistencia e importancia. El plantel de secundarios se defiende bastante bien, siendo los tres nombrados los más destacables, y con muchísima razón: son con quienes pasará más tiempo Verónica, en esa alternancia entre descanso y curro.

Y aquí se nota también que se toma más tiempo en crear estas interacciones, lo que ayuda a empatizar más y mejor con el entorno en el que se moverá, durante varios días, la detective. Y de nuevo, muchas cosas no son lo que parecen, y también se relacionarán entre sí, dando lugar a una trama más ambiciosa y que, en mi opinión, está mejor montada que la de su predecesora.

Aunque de momento he dicho cosas buenas, «Los muertos no pagan IVA» sigue teniendo algunos elementos que, creo, se podrían revisar. No hablo de las erratas debido a un baile de versiones con las distintas revisiones, algo que está aceptado entre quienes pusimos pasta en el crowdfunding y se subsanó con una nueva revisión digital. Me refiero a la narración de la propia Verónica que, pese a haber mejorado respecto a «El Dios asesinado…», tiene algunos momentos que no me acaban de gustar, especialmente en las escenas de acción. Hay algo en ellas, y se nota en ambas novelas, que denota una cierta falta de naturalidad (pese a que hablamos de una historia con seres sobrenaturales), de fluidez, como si todo fuese un tanto torpe.

Supongo que es, en parte, por la forma de expresarse Parabellum, y aunque la persecución del jáncano o la huida de una obra madrileña en medio de un chaparrón están mejor narradas que la lucha contra la valquiria de la primera novela… sigue sin ser algo que consiga ponerme en el lugar de la protagonista y disfrutar de la acción.

Eso sí: lo que vendría a ser el conflicto final tiene sus partes anticlimáticas y otras muy intensas que se agradecen, sobre todo porque supone toda una evolución para bien.

Otra cosa que me gustaría destacar es que Madrid… no se siente viva. No es, obviamente, Barcelona, son dos capitales muy diferentes, pero está claro que cualquier ubicación que no sea el edificio de Raimunda no posee la misma sensación que con las aventuras barcelonesas. Tal vez porque Madrid no es la ciudad actual de Parabellum, tal vez por centrar la trama en sitios más concretos, pero Madrid es un erial excepto en momentos puntuales (puntuales tipo hora punta del Metro o de sus carreteras).

«Los muertos no pagan IVA» me ha gustado bastante más que «El dios asesinado en el servicio de caballeros». Aunque siga teniendo mis pegas, vamos en la buena dirección. Y eso es lo importante, ¿no?

 

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