Terroríficas

24 11 2018

Igual que desde Palabristas tienen la quinta convocatoria de «Alucinadas», también está en marcha la segunda de «Terroríficas», la antología de autoras de terror.

Si, como os conté hace una semana, «Alucinadas IV» es un viaje a futuros posibles, a realidades alternativas, ucronías, distopías y mensajes tan dulces como amargos, «Terroríficas» nos lleva al terror en sus muchas formas, de lo más mundano a lo más sobrenatural, en una colección de relatos que igual no es recomendable leer durante el transporte público, porque algunos son de dejarte muy mal cuerpo.

Y, aun así, me tragué esta antología en idas y venidas en bus y metro, conteniendo incluso el más leve escalofrío. Y es difícil, ojo.

cover_terrorificas

Portada de «Terroríficas» [Fuente: Página de la antología en Lektu]

En esta ocasión, las antologistas son Nuria C. Botey y M.J. Sánchez, que nos presentan esta antología haciendo además su pequeño repaso por el terror patrio. A ellas se les une como prologuista Pilar Pedraza, quien también se marca un pequeño e inquietante relato para ir abriendo boca y que también comentaré aquí, aunque sea de forma breve.

Porque ya que estamos con estas antologías, es justo ir poco a poco, relato por relato, sobre qué me han parecido, qué sensaciones me han despertado… Y sí, merecen, y mucho, la pena.

«Bien de interés cultural», de Pilar Pedraza

Un pequeño aperitivo para ir abriendo boca. En comparación con los relatos que se presentaron, este es bastante ligero. Tiene un toque perturbador en cómo su protagonista parece tomarse demasiado bien los hechos sobrenaturales que suceden a su alrededor y en su vida. Eso hace que, por un lado, sea más cercano, pero por otro que esa ‘normalidad’ choque con lo que ocurre, y te impacte todavía más.

Pocas palabras y tanto impacto. Si así empezamos de bien, ¿qué nos podemos encontrar a continuación?

 

«El Olivo», de María Angulo Ardoy

Una familia supuestamente maldita, el misterio de un olivo y una herencia. Estos son los ingredientes de este relato, uno que, desde el principio, te mantiene atrapado, y es difícil dejarlo a medias. Al igual que su protagonista, Chelo, quieres saber más sobre por qué tantos en su familia, especialmente hombres, se han quitado la vida y qué tiene que ver el olivo.

Lo bueno del relato es que esa información la descubrimos a la par que Chelo. Poco a poco, dejando pistas no solo gracias a ella sino también a uno de sus hermanos, quien parece tener su propia lucha interna. Pero esas revelaciones no afectan negativamente al misterio, más bien la certeza resulta todavía más aterradora, el saber puede resultar más peligroso. Y eso su protagonista lo sabe.

Una historia sobre buscar en las raíces y tener dos opciones: enfrentarse o sucumbir. Y nada asegura la victoria, de haberla.

 

«Edificios muertos», de Begoña Pérez Gil

Un exorcista experto en edificios encantados se enfrenta a un peculiar caso. El relato nos lleva por su vida, por qué se convirtió en quien es y a qué se enfrenta. La narración es lo que mantiene el interés del relato, con ese protagonista convencido completamente de lo que hace, seguro de sí mismo, enfrentándose a lo sobrenatural.

Esta es otra historia que, poco a poco, nos revela la verdad y, nuevamente, esta puede que sea más perversa y aterradora que las ideas que nos podemos hacer. No puedo decir que la revelación me sorprendiese, porque en cierta manera ya se va adelantando que esto no es un encantamiento cualquiera. Pero es el final, tan directo, lo que impacta más al final.

Tal vez vaya perdiendo, para mí, algo de fuerza hasta ese impactante final, pero merece la pena aunque sea por ver el procedimiento de su protagonista.

 

«Serendipia», de Nerea Vega

Una historia sobre la muerte, pero desde una perspectiva que, en la mente de su protagonista, es interesante, curiosa, incluso enternecedora y amorosa… Claro, en su mente, pues no sé otras personas que hayan leído esta antología, pero cuanto más avanzaba, más incómodo me sentía.

Lo diré claramente, y porque es el tema de la historia: el amor que profesa el protagonista hacia la muerte… es necrofilia pura y dura. Y él abraza en su privacidad esa filia, esa perversión. Puedes notar en todo momento ese amor, palpable, mientras al mismo tiempo, no puedes dejar de pensar en cuál es el objeto de dicho amor.

Una historia muy bien narrada, pero de esas que acaban dejándote con muy mal cuerpo.

 

«Otras pieles», de Gloria T. Dauden

En el mismo universo en el que se sitúa «Surrosolutions», el relato sobre la distopía de gestación subrogada de «Alucinadas IV», nos encontramos con la búsqueda de una hermana desaparecida. Y puede que siga siendo el mismo escenario, pero desde luego su planteamiento, pese a ser el mismo mundo que el del relato de la otra antología, es mucho más tenebroso y sádico.

Porque aquí no solo vemos ampliado el mundo de máscaras respiratorias y mujeres gestantes, sino que podemos ver los fondos más bajos del mismo, la crueldad, la falta de conciencia social, el provecho y el beneficio por encima de la dignidad, y la supervivencia a cualquier precio. Todo eso se nos muestra, sin paños calientes, en toda su crudeza.

Otro relato que acaba dejándote destrozado y sin esperanza.

 

«La niña roja», de Irantzu Tato

Una versión alternativa del cuento de la Caperucita Roja, muy escabrosa, en la que nadie está a salvo. El que era un relato sobre el peligro de desobedecer a tus padres y que suerte tienes si un cazador (o leñador) mata al lobo de pura potra, aquí se convierte en una historia sobre la desconfianza, el odio y la culpa.

Y esto hace que la historia se recree en todos los detalles, cuanto más retorcidos, cuanto más oscuros, mejor. Y en ello consigue hacer que hasta el propio lector se sienta culpable de los hechos que ocurren, un mero espectador ante la salvajada que se acaba desatando, ante la obliteración de la inocencia y el triunfo del nihilismo y el sadismo frente a la pureza.

Es un gran relato, pero confieso: hay momentos que me hacían plantearme dejar de leer porque me sentía fatal, con náuseas incluso. Así que imaginad a qué extremos consigue llegar.

 

«El cuidado de los ojos», de Patricia Macías

La vergüenza y el miedo al fracaso son los ejes sobre los que se establece este relato. ¿Y si todos esos sentimientos llegaran a algo más? ¿Y qué es ese misterioso ojo que ha aparecido de la nada?

Es un relato con el que, en buena parte, me siento identificado, por el tema sobre todo de ese miedo a que las cosas no salgan bien, pese a que una y otra vez se salve la papeleta y con bastante buen hacer. Pero es un miedo real, una inseguridad que queda perfectamente reflejada en esos ojos que te observan, que están encima de ti y que poco a poco acabarán contigo.

Tal vez el giro final sea el único punto negativo que le puedo sacar, aunque dentro del mundo de este relato, tiene su lógica dicho final.

 

«Holodomor», de Ana Tapia

El exorcismo vuelve a esta antología, esta vez con el desastre de Chernóbil como telón de fondo. Una madre y su hija reciben la visita de un sacerdote, su ayudante y una niña aparentemente inocente que, según se deja caer, esconde un oscuro secreto. ¿Es una posesión infernal o es algo más?

Aquí la gracia se encuentra en esa ambigüedad que la invitada muestra. ¿Es realmente víctima del Diablo o es mala de por sí? ¿Finge su bondad o hay algo más? De nuevo estamos ante una historia que no es todo lo que parece, y que juega con nosotros para que, igual que la protagonista, no sepamos la realidad sobre la invitada hasta que es demasiado tarde. Pero no es solo eso: también tenemos otros secretos oscuros, algo más mundano, aunque, en la época del relato, podía ser motivo de escarnio.

Un juego de verdades, mentiras y secretos bien planteado.

 

«Hibridación descedente», de Covadonga González-Pola

El relato se aleja de las ambientaciones más modernas y nos lleva a un pueblo que bien podría situarse en el siglo XVI o XVII. Una historia que comienza de forma inusual, incluso aparentemente sin relación con lo que viene después, pero que ya nos pone sobre aviso: las cosas no son tan bonitas como parecen.

La historia nos presenta a gran cantidad de personajes, aunque son la noble Constantia, el sastre Lázaro y el asesor Isaías los que copan el protagonismo. La acción nos hace centrarnos más en este improvisado triángulo amoroso, lo que hace que, a medida que la hsitoria se vuelve más oscura, nos afecte más esa relación, sobre todo con las revelaciones que, hacia el final, consiguen que cualquier belleza y color sea consumida.

Es cómo juega al despiste lo que hace que un relato que me estaba pareciendo un tanto anodino pegue todo un subidón.

 

«El abuelo», de Celia Corral

Una misteriosa visita de alguien que debería estar muerto hace que, poco a poco, la protagonista del relato vaya cayendo en una espiral de culpa y locura. Es un relato que bien podría ser una versión moderna del relato gótico, y en eso se convierte en un buen ejemplo de cómo llevar a nuestros tiempos lo que hicieron autores como Poe.

La historia consigue que compartamos los pensamientos de la mujer que, ante la visita de ese hombre que no puede ser su difunto abuelo, no deja de darle vueltas a todo, no deja de pensar, de plantearse las cosas, incluso su propia realidad. Y ello culmina con la recta final, una frenética huida dentro de una casa sin aparentes salidas y muchos recuerdos reprimidos.

Consigue crear confusión y tensión hasta que, al final, todo queda claro… y, de nuevo, la verdad igual es más sobrecogedora que tus cábalas fantasiosas.

 

«Día de matanza», de Alicia Sánchez Martínez

Urbanitas de visita al pueblo de la familia y suceden cosas de todo menos bonitas. Esto suena a algo salido de «No son molinos», y hubiera encajado perfectamente allá (y, ya os digo, merecería más estar en aquel recopilatorio tanto como merece estar aquí). Eso no es malo, solo que parece que hay quien tiene claro que la cachava y la boina no tienen por qué quedarse en un nicho (no sé, eso sí, hasta qué punto «El olivo» también podría estar incluida).

A pesar del planteamiento más que visto, y el mismo título ya da una pista de lo que va a pasar. Que poco a poco vayamos viendo que nuestras sospechas se van cumpliendo no mina la sensación de perdición que la joven protagonista sufre. Una familia que ya no es que sea estrafalaria, violenta y desquiciada, es que bien podría ser la familia de Cara de Cuero versión patria. Y con esto y el título podéis temeros lo peor…

… En el buen sentido, ojo. De revolverte las tripas sabiendo que su autora ha cumplido su objetivo con creces.

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