El Señor del Tiempo

24 02 2018

Recuerdo que antes de irme a estudiar a Madrid, me regalaron una trilogía que no conocía de una autora que tampoco me sonaba. Era «El Señor del Tiempo», de Louise Cooper. En una edición que, actualmente, no hay manera de encontrar. De hecho, igual no he buscado lo suficiente, pero esta obra al menos está descatalogadísima en España.

Pero ya que estamos ¿qué es «El Señor del Tiempo»? Será mejor ponerse en situación con parte de lo que se narra, al menos, en el primer libro, «El Iniciado»…

Tenemos un mundo sin nombre , que podría ser una versión alternativa de nuestra Tierra, en el que el Orden, comandado por el dios Aeoris, ha desterrado al Caos. En tantos Universos con su conflicto entre Orden y Caos ¿qué puede pasar si el Orden vence de forma absoluta, si desequilibra la balanza a su favor? Pues que, en teoría, todo va bien en este mundo, aunque en la práctica la gente siga siendo gente y cometa fechorías. Estamos en un continente dividido en provincias regidas por los margraves, con el Alto Margrave como líder absoluto, y con los referentes religiosos y místicos de la Hermandad y del Círculo, este último sito en un extraño castillo en la Península de la Estrella que perteneció a los Antiguos, los sirvientes del Caos tiempo ha derrotados.

Aquí es donde entra el que será el protagonista de la trilogía, un chico con un anillo que le da un poder con el que mata a su primo por accidente. Antes de que la turba lo linche, se ve transportado por un Warp (una misteriosa tormenta que altera el espacio y el tiempo) lejos de su hogar, y convirtiéndose en héroe involuntario de una expedición conjunta de la Hermandad y el Círculo. El potencial del muchacho, llamado Tarod, interesa al Círculo hasta el punto de convertirse en un nuevo adepto y hacerse amigo de Keridil Toln, el hijo del Sumo Iniciado, y de Themila, Iniciada e historiadora que se convierte además en lo más parecido a su familia.

Al llegar a la edad adulta, y afectado por pesadillas, Tarod busca una hierba medicinal que le ayude a encontrar significado a sus sueños, y conoce a Cyllan, ganadera y vidente en ciernes, quien le ayuda, mientras esta se sorprende al ver que uno de los elusivos Iniciados del Círculo la trate de igual (cuando ni su tío ganadero la respeta). La mención a Cyllan no es gratuita, porque se convertirá en alguien muy importante. Y es con esa ayuda y esa medicina, que casi lo mata, que se entera de que el Caos, a través de su señor Yandros, intenta regresar.

Por lo que cuento parece que ahora toda la trilogía vaya de Tarod siendo un Iniciado modelo y luchando contra un posible resurgir del Caos. Y… es lo que en principio se nos quiere hacer creer. Y ahí es donde las cosas se ponen interesantes. Empieza como el enésimo germen del Bien contra el Mal, solo para profundizar más en ello y encontrarnos que no es oro todo lo que reluce.

El primer libro adolece de ser lento, pero tiene un propósito: presentarnos la situación actual, desarrollar sus personajes (especialmente a Tarod, Keridil, Themila y, en menor medida, a Cyllan y a Sashka, una noble ambiciosa), y, en definitiva, convertirse en el catalizador de lo que está por venir. De hecho, los últimos capítulos del libro se vuelven más agobiantes y frenéticos ante los acontecimientos que darán un giro a todo lo que prosigue.

Los dos libros siguientes («El proscrito» y «El Orden y el Caos»), aunque siguen desarrollando a los personajes presentados anteriormente (a excepción de Themila por… en fin… y tenemos aparte la inclusión de Drachea, el caprichoso hijo del Margrave de Shu-Nhadek), al tener ya en marcha el conflicto sobre el Caos y la naturaleza de Tarod en todo esto el relato deja de verse lastrado por las presentaciones. Esto permite que los eventos avancen más rápidos durante estos dos volúmenes, con momentos tensos, sobrecogedores y muy violentos… hasta un inevitable final que, aun así, consigue tener sus giros y sorpresas.

Ahora que nos hemos puesto en situación con qué ofrece a nivel de historia esta trilogía, quiero pasar a hablar de algunas cosas concretas.

Lo primero es la construcción de este mundo, ya sabéis, el ‘worldbuilding’. Buena parte de lo que sabemos, y que he resumido en un párrafo, se ofrece en buena parte al comienzo de la obra, en el prólogo y mientras nos hablan de las celebraciones en el antiguo pueblo de Tarod. A partir de ahí, los datos están desperdigados, mientras aprendemos o recordamos a través de los personajes: el contexto del Orden y del Caos junto a su simbología (el ojo del Orden y la estrella de siete puntas del Caos), las costumbres del Círculo, la misteriosa Sala de Mármol (bueno, ya digo, todo el castillo de la Península de la Estrella es un misterio), las rocas usadas para la videncia (gracias, Cyllan) o la impenetrable Isla Blanca donde reside un cofre con el poder de derrotar al Caos si este vuelve.

Es de esas formas que a mí, particularmente, me gustan, porque aunque haya un volcado de información al principio, se hace como un recordatorio de un personaje, y otros detalles los vamos descubriendo a medida que avanza la historia, y según interese. No tenemos todos los datos sobre este mundo, a lo sumo el mapa con el que abre cada volumen: solo necesitamos lo que afecte a la historia, nada más.

Precisamente la importancia de los personajes a lo largo de la trilogía es patente también al ver sus distintos puntos de vista. Esto ayuda, en primer lugar, a no tener siempre el foco puesto en Tarod, quien pese a ser el protagonista va dejando sitio a otros personajes, como Keridil y Cyllan; y en segundo lugar, observamos que no hay solo blancos y negros, también hay una gama de grises y colores interesante. Personajes que no son pura bondad ni pura maldad, con sus idas y venidas, dudas y certezas, preguntas y respuestas, y que a la vista de los acontecimientos no se mantienen inamovibles, aunque lo parezcan al principio.

Al haber tantos puntos de vista, no era poco frecuente que yo chocara con ellos pese a usar la empatía para entender sus motivaciones, y es interesante que no tengas por qué estar siempre de acuerdo con el protagonista, o que no haya villanos en el sentido tradicional.

Y eso se especialmente ve en el concepto de Orden y Caos: nos venden primero que unos son los Buenos y los otros los Malos; a medida que avanzamos, creemos que las enseñanzas del Orden han sido corrompidas por los propios humanos, pero teniendo al Caos presente vemos que lo mismo no es solo cosa de los humanos. Es, en definitiva, una búsqueda de equilibrio, da igual qué bando pueda salir vencedor.

Insisto mucho en los personajes, y es que, pese a los acontecimientos y a que tras el primer libro hay más acción, siguen siendo clave. Tarod simboliza en muchas formas el conflicto entre lo que uno está destinado a ser, por cuna o por imposición de otros, y lo que quiere hacer, sobre qué decisiones tomar, sobre el bien común o el beneficio propio. Tiene a Keridil, su mejor amigo y futuro Sumo Iniciado, como contrapunto, ya que él no parece tener dudas… hasta que, claro, el Caos empiece a hacer de las suyas. Mientras Tarod lleva el conflicto desde siempre, Keridil ofrece una visión de una persona de fuertes convicciones que, una vez se libra de las vendas en los ojos, se da cuenta de que no todo es tan cierto como cree.

También están las dos mujeres principales del relato, Sashka y Cyllan. No hay villanos en el libro, pero sí que Sashka parece moverse entre muchas sombras, y parece diseñada solamente para ofrecer un antagonismo mucho más evidente, al ser ambiciosa y buscar ganancia aunque signifique traicionar a quienes la aman. Se plantea como un rasgo familiar, y ella quiere ser más que los demás. Y ello choca con Cyllan, de origen humilde y que solo busca ser tratada decentemente. Es precisamente su encuentro con Tarod lo que lleva a la ganadera a idealizarlo, porque él es el único que la trata como a una igual, lo que inevitablemente, y aun con las dudas iniciales, hará que se una a la causa del Iniciado. Y, al menos en comparación con Sashka, Cyllan resulta ser la más ¿inocente?, y se ve arrastrada por los acontecimientos, pero demostrando su valía también.

Eso no quita, claro, que se caiga en algunos asuntos sobre mujeres que denotan claramente la de años que tiene esta trilogía, como violaciones (cierta cosa que hace Tarod es una violación, lo pinten como lo pinten), cazas de brujas o incluso un machismo que se da en algunos puntos cuando en otros parece que está clara una igualdad de género. Vicios de tiempos pasados que, aun así, no son abundantes, aparecen de forma puntual pero, será cosa mía, no puedo ignorarlos. Y, con todo, no hacen que disfrute menos de la trilogía.

Porque sí: he disfrutado la lectura de sus más de 600 páginas. Con sus cosas buenas y malas, «El Señor del Tiempo» es una trilogía que podría haber caído en el relato clásico de fantasía, pero prefiere desviarse incluso cuando parece obvio que no debería. Desafía lo que esperamos, y eso me agrada mucho.

Y me gustaría recomendarlo, pero estando descatalogado en español… No estaría mal rescatar esta trilogía, revisar su traducción (hay cosas que chirrían), e incluso aprovechar para reeditar «La Puerta del Caos» (efectivamente, esa trilogía no la he leído, pero Timun Mas la trajo también a España) y traer «Star Shadow» y «Daughter of Storms», por terminar de ver lo que ofrece este mundo. Pero, me temo, es un grito en el desierto, al paso que vamos…

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