La conjura de los necios

7 09 2013

Cuando en el mundo aparece un verdadero genio puede reconocérsele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

Jonathan Swift

¿Cuántas opiniones acerca de “La conjura de los necios” abren con esta cita de Jonathan Swift? Muchas, tal vez demasiadas, y esta es otra más que se añade a la lista. Pero es que es tan tentador… en fin…

Había leído y oído bastante bien de esta novela. También había escuchado la historia tras su autor, cómo se suicidió sin haber conseguido que publicaran su novela y que solamente la insistencia de su madre consiguió que al final saliera a la luz. Y también que Ignatius J. Reilly es un personajazo.

No sé hasta qué punto la gente ha exagerado, pero sí, “La conjura de los necios” es muy destacable y una lectura más que recomendable.

La novela sigue la vida de Ignatius J. Reilly, un treintañero obeso que aún vive con su madre, oriundo de Nueva Orleans y un inadaptado social anacrónico que culpa de su situación a la diosa Fortuna. Y es que Ignatius, su píloro inestable y su mentalidad medieval se enfrentan al mundo decadente de los años 60, a los ‘desviados’ y las mujerzuelas del Barrio Francés, a la nueva esclavitud que es el trabajo remunerado, a una sociedad que ha olvidado “la teología y la geometría”. Vamos, que lo de anacrónico no es nada gratuito.

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Y desde luego, Ignatius tiene un sentido de la moda… peculiar.

Por supuesto, la novela está plagada de personajes que no tienen nada que envidiar a Ignatius en cuanto peculiaridades. Desde su madre, Irene, una alcóholica que siempre va de víctima, hasta Burma Jones, un chico negro que trabaja por debajo del salario mínimo en un bar, el “Noche de alegría” de la malhumorada Lana Lee, porque si no le meterán en la cárcel por vago, pasando por el bienintencianado pero con mala suerte agente Mancuso y una antigua compañera de Ignatius, Myrna Minkoff, otro personaje un tanto… especial.

“La conjura de los necios” no se corta en mostrar la vida tal y como es: unas veces va bien, otras resulta cruel y despiadada. Se centra más en la parte cruel, si bien es cierto que hay veces que son exageraciones del propio Ignatius. Sobre todo debido a que para pagar los desperfectos causados por un accidente de coche, su madre lo obliga a buscar trabajo (ella iba al volante, y borracha, pero Ignatius la estaba incordiando con sus elocuencias). Y eso de trabajar le pone enfermo.

Este incidente es el nexo con el resto de los personajes y situaciones de la novela.

  • Así, antes del accidente, Mancuso había tratado de detener a Ignatius por sus pintas, acabando por detener en su lugar a un viejo que le llamababa comunista y, a partir de aquí, tener que soportar un castigo por parte del sargento de policía, de tratar de detener al menos a una persona, y en serio, llevando los más ridículos disfraces en las situaciones más absurdas.
  • Irene estaba borracha cuando el accidente porque se había hartado a cervezas en el “Noche de alegría”, donde Ignatius no paraba de contar una peculiar historia sobre cómo se mareaba en un autobús que le llevaba a la universidad para ejercer, brevemente, de profesor, trayendo de los nervios a los integrantes del bar. El accidente lleva a Irene a buscar nuevas amistades y salir de casa para no soportar a su hijo.
  • A la par, sin salir del “Noche de alegría”, Jones trata de sabotear a Lana Lee porque no le paga el salario mínimo. Mientras, Jones empieza a relacionarse con Darlene, la otra empleada del bar, poco espabilada y que trata de convertirse en bailarina exótica, y descubre además un negocio turbio de Lana.
  • El primer trabajo de Ignatius lo lleva a las oficinas de Levy Pants, donde conoce al personal (el jefe de administración González y la octogenaria secretaria Trixie, personificación de la senilidad) e intenta montar una revolución social entre los trabajadores negros de la fábrica. Al tiempo, el dueño de la compañía pasa olímpicamente de esta mientras tiene que soportar a su mujer, quien no para de darle lecciones de la vida que ni ella misma entiende.
  • El segundo trabajo de Ignatius consiste en vender perritos calientes ‘disfrazado’ de pirata, sable de juguete incluido, lo que le lleva a rondar el Barrio Francés y su peculiar fauna, acabando incluso por urdir planes que implican gays infiltrados en el ejército y la política.

Y hay más cosas que contar, pero creo que con esto os podéis estar haciendo a la idea de cómo está el percal. Percal que Ignatius no deja de recopilar en sus cuadernos ‘Gran Jefe’, a la espera de un día recopilar sus apuntes y publicarlos, para que la gente conozca a este genio.

Estos apuntes en sus cuadernos y las cartas que intercambia con Myrna Minkoff suponen un cambio de la narrativa habitual de la novela. Estructurada en capítulos divididos a su vez en subcapítulos, combina la narración en tercera persona neutra en su mayoría, con algunos pequeños toques de ironía, con los apuntes y las cartas de Ignatius, en primera persona y bajo su peculiar prisma influenciado por la obra de Boecio, de quien es gran admirador.

Lo que hace a esta novela tan especial es que sus situaciones, aunque absurdas en apariencia, tienen un toque realista, esa sensación de que uno ha vivido situaciones tanto o más estúpidas que las que muestra el libro. Que un policía trate de detenerte por tus pintas, tener una rival con la que picarse de forma hilarante, tratar de fastidiar a tu jefa porque no te paga lo que debe… Dentro del sarcasmo y la crueldad de la novela, con sus pequeños brillitos de esperanza, todo esto es demasiado real, y es ahí donde gana puntos.

También destaca por sus personajes. Admito que Ignatius se me hace un personaje odioso, desde luego, pero es que todos los personajes que pueblan la novela tienen sus peculiaridades que los hacen oscilar entre lo normal y el rechinar de dientes.

Personajes que bien son demasiado buenos para este mundo, como Mancuso; o que parecen, y lo mismo son, buenos pero con cierto egoísmo, como Jones (trata de fastidiar a Lana Lee porque no le da el salario mínimo), a pesar de que el chico negro me parece también un gran personaje por su picaresca; o incluso el victimismo exasperante de Irene Reilly, que llega en sus lamentos a ser insoportable.

Pero aun así, son personajes que funcionan, pese a sus muchos defectos, ya que a pesar de la exageración de algunos, se sienten cercanos. Eso sí: Ignatius se lleva la palma en cuanto a personaje y presencia.

La cuestión está en que Ignatius, pese a que desde el principio te caiga rematadamente mal, resulta un personaje extremadamente interesante en sus desvaríos, y en un mundo ya de por sí decadente, su quijotesca (sí, estoy usando ese adjetivo) cruzada es hilarante. Aunque ya digo que me parece odioso, también me parece un personaje muy bien construido y complejo gracias, sobre todo, a sus monólogos y escritos.

Los apuntes que toma en su cuaderno resultan toda una absurdez que te deja bastante descolocado. Su pensamiento se basa en un egocentrismo y una misantropía anclados en tiempos de la Inquisición (de hecho, alaba el antiguo clero y piensa que el actual es muy blando y sin autoridad), y trata de realizar sus sueños de una sociedad mejor tratando de hacer revoluciones con negros y con homosexuales (a los que no soporta) con tal de ello… y de ‘vencer’ a Myrna Minkoff, a la que considera su rival.

Y esa es otra, su relación con Myrna, a la que conocemos por su correspondencia, nos muestra que lo mismo esta mentalidad medieval de cambiar el mundo no es más que una competición con Myrna, quien más cercana a la liberación sexual, supone el contrapunto perfecto a las locuras de Ignatius. Una competición por saber quién va a cambiar el mundo con sus métodos.

Vamos, que puede que esta historia no me sacara muchas carcajadas como sí parece que se las saca a otros, pero sí varias sonrisas, y ha añadido a mi lista de personajes a destacar del Imaginario Universal a ese elemento seboso que es Ignatius. Lo mismo la novela no es para todos, pero me parece que es de esos libros que hay que leer al menos una vez en la vida.

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One response

7 09 2013
John Wheel

Uy, de este libro sólo oí hablar una vez hace años y años y lo he reconocido por la ilustración de la portada. Habrá que leerlo un día de estos, que pinta interesante.

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